Si hay un elemento importante en la salud de la población y la estructura del sistema sanitario, ése es la situación de los medicamentos, su alcance, la capacidad que las personas tienen de acceder a ellos, y la posición en la que se encuentran las industrias que los producen.
Una de las denuncias que se hacen desde organizaciones como Cruz Roja o Farmacéuticos Mundi es las consecuencias que está suponiendo el envío de medicamentos inútiles a países del Tercer Mundo. Se está llevando a cabo una campaña contra esta práctica. Hasta ahora, se incentiva a los consumidores de los países desarrollados a llevar sus medicamentos sobrantes o caducados a las farmacias, lo que en muchos casos, más que soluciones, suponen consecuencias nefastas a los países de destino. Muchas veces llegan sin prospecto y nada que oriente a los médicos, y en otras ocasiones, no supone una solución a las enfermedades a las que se suponen van dirigidos. Se aconseja, por tanto, reciclar los medicamentos y hacer, en todo caso, donaciones económicas, ya que es cerca de un tercio de la población mundial la que “no tiene acceso a medicamentos esenciales”.
Al margen de esta circunstancia tan injusta y extrema, en la que se encuentran envueltos otros países de mayor desarrollo, aunque con un estado de bienestar limitado, está el gigante que representa la industria farmacéutica. Ésta es uno de los sectores económicos más potentes en todo el mundo, marcado por el nivel de especialización que requiere, llevándola a una fuerte situación de oligopolio. Pfizer o Novartis (esta última, productora de la vacuna de la gripe A) alcanzan rendimientos económicos estratosféricos, con ganancias y “cuotas de poder” mucho más altas que cualquier otro tipo de empresa del mundo.Como conclusión y reflexión final, respecto a estas dos grandes y disparejas visiones del mundo, el siguiente dato: las empresas farmacéuticas utilizan un 13% de presupuesto para la investigación y el desarrollo; se dedica alrededor de un 30% al marketing.
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